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"Vi el poder de Dios desplegado en cada médico y profesional de la salud": Secretaria de Educación, Olga Acosta  

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La “seño Olga” es una mujer con una calidez sin igual y con un don especial hacia el servicio, por lo que siempre fue consciente que su vida la dedicaría a la enseñanza, porque cree fielmente en el poder de la educación como eje transformador de la sociedad.

Es hija de los Montes de María, más exactamente de la tierra donde las plantaciones de palma africana, los cultivos de arroz y pancoger confluyen con la ganadería y la pesca artesanal al son de un buen bullerengue: María La Baja.

Emigró a Cartagena desde muy niña, por lo que en esta ciudad encontró las oportunidades para encaminar su proyecto de vida. Es administradora educativa, especialista en Gestión Educativa, magister en Gestión Pública y Desarrollo Local, magister en Ciencias de la Educación, y Doctora en Humanidades.

Su labor como docente comenzó en Buenaventura, una apartada vereda del municipio de Ariguaní, en el sur del Magdalena, a donde llegaba a lomo de burro o en campero para dar clases a los niños y niñas de esa población. De aquella primera experiencia como normalista y hasta la fecha, Olga Acosta Amel ha forjado una carrera de más de 20 años marcada por el compromiso y ese espíritu de entrega que la caracteriza, por lo que su nombramiento como Secretaria de Educación del Distrito de Cartagena fue recibido con gran complacencia por el sector educativo de la ciudad.

Esta educadora innata conoce muy bien las dificultades que enfrenta la educación pública, por lo que no dudó en aceptar el llamado para hacer parte del equipo de gobierno del alcalde William Dau Chamat. Sin embargo, desempeñar su nuevo cargo en medio de una pandemia, ha representado uno de sus mayores retos tanto a nivel profesional como personal.

Durante este periodo coyuntural, la “Seño Olga” le tocó aplicar a la prueba más complicada que le ha tocado afrontar en la vida y de la que, afortunadamente, ha logrado superar bajo todos los pronósticos: ganarle la batalla al COVID-19.

Cuando se desató la emergencia sanitaria, en sus reflexiones en torno al virus siempre concluía con esperanza que la ciencia médica encontraría la solución. Pero mientras aguardaba en su fe, no dudaba de los peligros que el virus representaba: “Sabía que en este servicio podía dejar la vida y tomé las precauciones para no contagiarme. También sabía que de alguna forma la vida de los maestros y de los estudiantes dependía de las decisiones que tomáramos como equipo en la SED”.

No era sólo el cuidarse ella sola, sino todo su entorno familiar, laboral y social: “La vida siempre será primero, cuidar de mí pero también de mi esposo, de mi burbuja familiar y la burbuja laboral. Debemos pensar como sociedad y es que las realidades se cambian si nosotros hacemos esos cambios. Es imperativo pensar en que el sistema de salud debe ser pensado para las personas, que la salud no puede pensarse como negocio. Aquí cobra sentido el concepto de totalidad, estamos interconectados: lo que afecta a uno les afecta a todos, es lo que estamos viendo hoy, el virus ataca por igual, no hace distingos de clase social”.

Cuando se contagió sintió culpa porque consideró que aquella situación era consecuencia de una responsabilidad a la que faltó: “Me preguntaba ¿en qué momento bajé la guardia? Creí además que lo pasaría como tantas otras personas, pero no, el virus se instaló en mi cuerpo y en menos de lo que creía ya mis pulmones estaban comprometidos en un 78% y el camino sugerido de los médicos era la intubación inmediata y la posibilidad de sobrevivencia era del 30%”.

Ante ese panorama, sabía que debía actuar prontamente: “Me favoreció mucho no saber qué era eso de la intubación, no tuve miedo, siempre tuve la fe y la confianza en que en el Hospital Universitario estaban los mejores profesionales con una curva de aprendizaje de un año, así que confié en ellos, en que salvarían mi vida”.

Pero aunque nunca perdió optimismo, era inevitable no dejarse afectar por los sentimientos y pensamientos que la embargaban: “La vida me estaba debiendo el conocer los hijos de mi último hijo y no quería irme de esta tierra sin verlos. Minutos antes de la intubación mi hijo José Javier me pidió pensar desde el fin, es decir, que imaginara que ya había salido de todo esto y con esta imagen de tranquilidad me entregué a los médicos del hospital”.

Ya en el centro asistencial, iniciaría su batalla contra un virus al que estaba decidida no darle ventaja: “Yo me negué a pensar que moriría, creía que Dios me guardaba, como siempre lo ha hecho. Por un rato pensé y sentí que el tiempo se había detenido que ya solo estaba Olga, yo, con la historia que había construido a cuesta”.

Fueron más de 15 días en UCI, donde su cuerpo permaneció inmóvil la mayor parte del tiempo debido a la intubación. En aquel lapso de tiempo pasó por vivencias que sólo ella puede entender y comprender, pero que una vez logró afrontar, supo que había ganado la batalla: “De mi despertar tengo muchas imágenes y experiencias que contar, tanto espirituales como reflexivas. Y lo que hoy yo les puedo decir es que vi el poder de Dios desplegado en cada médico, en cada una de las enfermeras y auxiliares, psicólogas y demás profesionales, ellos me salvaron. Los médicos Cristian Buelvas y José Correa fueron los ángeles que Dios puso a mi lado para devolverme a la vida. Vi sus ojos iluminados el día que pude respirar cuando me decanularon. Mi gratitud a ellos por siempre”.

El 27 de abril fue dada de alta la “Seño Olga” tras superar la COVID-19, y aunque todavía sigue en su proceso de recuperación, quiere con su experiencia motivar a una reflexión sobre la importancia de fortalecer el sistema de salud para que todos, sin distinción alguna, podamos contar con servicios dignos y de calidad.

“Muchas personas le temen al hospital, hay que confiar en la ciencia médica, en todos esos profesionales que se arriesgan cuidando la vida de tantos. Por eso, mi principal reflexión es que no hay que escatimar esfuerzos para hacer políticas públicas robustas en salud, que sepamos que la salud es un bien común. Y sí, mi vida hoy, después del COVID-19, es otra, los amaneceres y atardeceres no son los mismos, tampoco los besos y el contacto con mi familia. Hoy no soy la misma y sé que sólo cuento con este día, el presente”, puntualizó.

 

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